viernes, septiembre 17, 2010

CAMUS O LA PASIÓN DE LA VERDAD

La actitud de Camus, desoladoramente inerte y pasiva, esconde el golpe de la verdad sin recovecos. No he leído nunca un pasaje donde se revele sin rubor el corazón del hombre como en estas líneas:

Por la tarde, Marie vino a buscarme y me preguntó si quería casarme con ella. Le dije que me daba igual y que podíamos hacerlo si así era su deseo. Me preguntó entonces si la quería. Contesté, como ya había hecho una vez, que nada significaba eso, pero que ciertamente no la quería. "¿Por qué te casarías entonces conmigo?", dijo ella. Le expliqué que la cosa no tenía importancia alguna, pero que si ella lo deseaba podíamos casarnos. Además, era ella la que lo preguntaba y yo me limitaba a responder que sí. Comentó ella que el matrimonio era una cosa seria. Respondí: "No". Se calló un momento y me miró en silencio. Después habló. Quería saber simplemente si yo habría aceptado la misma proposición de otra mujer, a la que hubiese estado unido de igual modo. Dije: "Naturalmente".

[Albert Camús, El extranjero, Alianza/Emecé, 2006, pág. 46]

domingo, marzo 14, 2010

JULIÁN MARÍAS. El oficio del pensamiento

Unamuno opinaba que muchos se dedican a contarles las cerdas al rabo de la esfinge por miedo a mirarla a los ojos. La información y la erudición son, por otra parte, las grandes simuladoras, porque fingen vida intelectual donde sólo hay manejo de inertes objetos intelectuales. Hablar de las cosas es un medio excelente de evitarlas; barajar problemas y teorías es un cómodo expediente para quedarse a cien leguas de ellos. Lo más grave es que, a la larga, se pierde el hábito del pensamiento; no se es capaz de pensar ni de repensar, sino, a lo sumo, de traspensar -hay países enteros que no hacen otra cosa-. Llega un momento en que ni siquiera se distingue. "A distinguir me paro, las voces de los ecos", decía Antonio Machado, formulando sin saberlo, una admirable divisa intelectual. No se sospecha hasta que extremo está embotada la capacidad de apreciar los que es auténtico y lo que es mero "hacer que se hace"(...).

(Julián Marías, El oficio del pensamiento, Biblioteca Nueva, Madrid, 1958)

EN LA MUERTE DE MIGUEL DELIBES

Creo que lo que la mayoría de la gente ha apreciado siempre en la vida y en la obra de Miguel Delibes ha sido la normalidad. Era uno de los nuestros. Fue un ciudadano que se elevó a la categoría de ilustre por su sencillez, por su comportamiento siempre coherente y por su ausencia de divismo. Su vida de provincia ha sido el espejo donde muchos nos hemos mirado. Él mostró la posibilidad de una existencia intelectual alejado de los focos del poder cultural e hizo de su vida un ejemplo de corrección moral. Las grandes manifestaciones de duelo de estos días son la demostración del amor y del respecto del ciudadano común, que siempre vio en él a uno de los suyos.
Buena caza, maestro.
Francisco Linares

domingo, marzo 07, 2010

(CINE) EN TIERRA HOSTIL, o la actualidad de la masturbación mental

El otro día delante de una cervezas un colega y yo discutíamos si las pajas mentales de los norteamericanos eran más profundas, largas y sin sentido que las de los europeos (últimamente los españoles tenemos gran experiencia en masturbación mental a través del cine de Isabel Coixet). No llegamos a ninguna conclusión, pues ambos exhibíamos ejemplos que dejaban la balanza de nuevo equilibrada. Cuando vi En tierra hostil me apresuré a llamar a mi amigo para decirle que la última pelicula de Kathryn Bigelow dejaba el peso definitivamente inclinado del lado norteamericano.

El argumento, que parece haber encandilado a la crítica y a parte del público, es la enfermiza adicción por el peligro de un marine norteamericano miembro de una brigada de desactivación de explosivos en Bagdad. Punto. El que quiera buscar algo más profundo deberá hacerlo en el fondo del mar, si lo tiene a mano. Claro, a partir de aquí, podríamos establecer las bases para un buen castillo aereo, por ejemplo: ¿es lícito alimentar la violencia de la guerra con jóvenes poseídos por el ansia de ella?, ¿las tropas norteamericanas están formadas por soldados profesionales o por pseudoadolescentes con ganas de botellón? ¿los mandos de estos soldados son tan retrasados mentales como suelen aparerer en las cintas de guerra o simplemente simulan su estupidez? También podemos hacernos preguntas que, a estas alturas de reflexión, considero más prácticas e interesantes: ¿a alguién le importa que haya en el mundo veinteañeros a los que les vaya la marcha abriendo bombas como si fueran latas de mejillones? o ¿las botas de los soldados norteamericanos en Irak sólo parecen Chiruca, o realmente son botas Chiruca? Puff. ¡Qué pereza!

Si la intención de Kathryn Bigelow, como parace que ha declarado insistentemente, ha sido mostrar la desnudez de la guerra de Irak, lo ha consegudo a medias. Si, como también ha dicho, pretendía quedarse fuera del conflicto y mostrar un aspecto humano de los hechos, ha bordado lo primero, pero yo no he visto ni rastro de humanidad en unos tipos demasiado esquemáticos y sin profundidad psicológica alguna. Quizá se queda tan al margen que no ha percibido lo que se oculta tras cada personaje. Quizá no ha sabido captarlo. Quizá, me temo, no haya nada que captar.

El guión está inspirado en la experiencia bélica del periodista Mark Boal. Por cierto, es curioso que sea el mismo Boal el que inspirara el guión de En el valle de Elah, película que deja a esta que comentamos en paños menores, en absolutamente todos sus apartados. Más que meritoria fotografía de Barry Ackroyd que filma sin digital. Equilibrada interpretación de Jeremy Renner al que ya habíamos visto de caqui (en el papel de Doyle) en 28 semanas después, de nuestro Juan Carlos Fresnadillo y, quizá en una interpretación más sólida, como Wood Hite en El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford
La peli no da para más. Los oscars irán, con sorpresa para muchos, para la excelente Precious.

Francisco Linares

viernes, febrero 27, 2009

UN REDACTOR GENIAL [El mapa del tiempo, de Félix J. Palma]

Félix J. Palma oficia de redactor de esta novela que, como al final veremos, no es sino un buen rimero de hojas hilvanadas por el encuadernador. Y digo redactor porque Palma redacta como los propios ángeles y no deja de asombrar por ello en estos tiempos de redactores mediocres y de periodistas torpes (el otro día uno de estos periodístas "encañonó con un puñal" a los telespectadores desde un telediario) la minuciosidad, el detalle y el esmero con que ha cuidado la prosa con que nos obsequia.
Otra cosa es escribir, o más exactamente, componer una novela que, al cabo, es una sinfonía donde todas las partes deben acordar para que nuestros oídos se regalen con la música salida de sus páginas. Y es aquí donde Félix J. Palma falla estrepitosamente.

Los distintos caminos que el escritor toma a lo largo de la novela no necesariamente tienen que llevar al final que FJP elige, sino que bien pueden tenerse como historias paralelas, cerradas sobre sí mismas, pero que son rescatadas con sospechosa oportunidad en las cincuenta últimas páginas para dar entidad a la historia, que se hace por fin troncal gracias a los añadidos anteriores. Parece que el autor (extraordinario autor de relatos cortos como ya ha acreditado en varios volúmenes) se sirviera de relatos independientes y sólo al final decidiera dar las pinceladas oportunas para relacionarlos temáticamente.

El ritmo de la narración es desigual. El lector poco avisado puede confundir la progresiva aceleración de la narración, que desemboca en un ritmo casi frenético en su final, con una medida planificación. Creo, sinceramente, que el desbocado crecimento del ritmo es fruto de la precipitación con que el autor decide cerrar todos los caminos que había abierto con anterioridad y que permanecían muertos y casi olvidados en la primera mitad de la novela.

El tema, los viajes en el tiempo, original o no tan original, según se mire ha sido abordado con profusión desde la novelística de ciencia ficción y escasamente desde la novela más convencional. El tema, abordado sin excesivas pretensiones, es válido para una novela de evasión como esta, puro entretenimiento que carece de alguna reflexión bien artículada sobre culaquier tema.

Francisco Linares

viernes, noviembre 21, 2008

ESCRIBIR CON LAS TRIPAS

No sé dónde oí, es posible que fuera Bolaño quien lo dijo (al final siempre es Bolaño el que dice estas cosas) que el escritor debe de ejercer su oficio con las tripas, poniendo lo demás detrás y en un orden incierto. Escribir con la verdad que cada uno lleva dentro, metida hasta el tuétano y que se debate en la misma medida por aflorar o quedar pegada al hueso para siempre. La eterna lucha del que escribe es entonces pelear a muerte con esas verdades que nunca debieran airearse pero que, al fin, salen en forma de palabras pegadas a una hoja para desgracia de uno mismo y gloria, incierta, de la literatura.
La verdad nunca es agradable, ni siquiera aquella que reivindicamos para que sea aireada a los cuatro vientos. Cuando uno, después de decirla en alto ante un público que asiente mostrando su acuerdo y sentir que ha dicho aquello que debía decirse, vuelve a su casa con la sensación de que esa verdad que hace unos momentos defendía con pasión ahora se deshace en la boca dejando un sabor amargo que no corresponde con el dulzor que esperaba. La verdad del escritor, cuando escribe con las tripas, ofrece la sensación contraria. Cuando va emergiendo es acre y deja la garganta estragada. Cada palabra se restriega contra el papel resistiéndose a salir, pero cuando las líneas ven la luz comienzan a desperezarse y a disfrutar de la nueva luz que ignoraron mientras estuvieron escondidas en los meandros oscuros de nuestra conciencia.
Alguién, no recuerdo quien, dijo que la verdadera novela es aquella que no se puede escribir, que es lo mismo que no decir nada. La verdadera novela es la que se escribe con aquello que escondemos celosamente de los demás, aquello que no puede ser dicho, que tapamos con capas de conciencia para que quede allá y muera con nosotros. Todo el mundo esconde un secreto. El escritor más de uno. Duerme con ellos y, secretamente, se alimenta de ellos cortando pedazos pequeños de ese pastel oculto para que no puedan ser reconocidos al ser servidos por separado. Después, los críticos se dedican a ensamblar partes de ese pastel que normalmente se les indigesta, porque la receta la tiene el escritor y normalmente se la lleva con él a la tumba.
¿Qué hacer, entonces? Escribir esas verdades desnudas y exponernos al escarnio. Mostrar nuestras miserias. La respuesta es sí. Bolaño lo hizo. Ahí está su obra para comprobarlo. Pero no todos estamos preparados para ello y por eso escribimos cosas como esta: ideas sobre un papel para que alguien las reúna algún día o vivan confundidas con otras miles en el ciberespacio.

jueves, enero 03, 2008

NACEMOS SÚDBITOS

Nacemos súbditos. Desde el momento en que nacemos somos súbditos. Un distintivo de esa condición es el certi­ficado de nacimiento. El estado perfeccionado detenta y protege el monopolio de certificar el nacimiento. O bien te dan el certificado del estado (y lo llevas contigo), con lo que adquieres una identidad que durante el curso de tu vida le permite al estado identificarte y seguir tu rastro (dar conti­go), o bien vives sin identidad y te condenas a vivir fuera del estado como un animal (los animales no tienen docu­mentos de identidad).
No solo no puedes ingresar en el estado sin certificación: para el estado no estás muerto hasta que se certifica tu muerte; y solo puede certificar tu muerte un funcionario que, a su vez, detenta una certificación del estado. El esta­do procede a la certificación de la muerte con extraordina­ria meticulosidad, como lo prueba el envío de un gran nú­mero de científicos forenses y burócratas para inspeccionar y fotografiar y manosear y empujar la montaña de cadáveres humanos que dejó tras de sí el gran tsunami de diciembre de 2004, a fin de establecer sus identidades individuales. No se repara en gastos para asegurar que el censo de súbditos esté completo y sea exacto.
Que el ciudadano viva o muera no es algo que preocu­pe al estado. Lo que le importa al estado y sus registros es saber si el ciudadano está vivo o muerto.

(J.M. Coetzee, Diario de una mal año, Mondadori.)

200 LIBROS

Leer doscientos libros, o releerlos, o recordar aquellos que se leyeron en su día y leer aquellos que dijimos leer y no fueron leídos. Sólo esos, los que nos traen momentos dulces o amargos, aquellos que evoquen un aroma o una desdicha, sólo los que hayan alimentado nuestras almas, los que nos elevaron o nos hundieron.
Hacer una lista, establecer un cánon. Pero ¿qué cánon?, el anglosajón, Bloom a la cabeza de los dioses que hacen listas, el entrañable e inocente de mi profesor Pozuelo Yvancos, el borgiano...
Sólo leer doscientos libros, de manera cíclica, y escribir cuatro páginas después de cada lectura, páginas escritas con las tripas, con la pasión de lo leído.
Sólo releer.
Y empezar con Conrad, ya que estamos en el año mediático. Y empezar con Lord Jim, príncipe blanco de los íntegros y de los malditos.
 
Francisco Linares

miércoles, enero 02, 2008

EL OMBLIGO DE PIGLIA

Piglia se mira el ombligo. Realmente empezó a mirárselo el día que nació, pero en privado y sólo en los últimos años lo hace en público.
Pliglia tiene una fijación: Borges. Realmente Piglia tiene dos fijaciones: Borges y Piglia.
Pliglia quisiera ser Borges, pero no puede asi que ha decidido ser él mismo y suprimir a Borges. Ya se sabe: hay que matar al padre para poder vivir.
Piglia es una mala imagen de Borges y no miente tan bien como Aira, que es un consumado maestro del engaño literario.

Francisco Linares

martes, enero 01, 2008

NADIE SUFRE MÁS QUE AHAB

Para mí que Moby Dick no es sólo un libro, es el itinerario que el viejo Melville dejó escrito para alivio de las almas torturadas. Cada vez que navego entre sus páginas, remo a fondo para salir a la superficie de la amargura de Ahab y cuando noto el aire en mi rostro respiro aliviado: sé que el tullido capitán siempre sufrirá más que yo. Cada vez que vuelva a él, ahí estará, lleno de amargura recordándome que mis males son minucias comparados con su sed de venganza que no cesa nunca.

Francisco Linares

Libros entre la niebla

Este simio se pregunta si merece la pena leer en estos tiempos oscuros. Dejarse llevar por las páginas en el silencio de una habitación, apenas el ruido de la calle filtrándose por las ventanas, una luz alumbrando el texto.

Cómo hacer que los pequeños monitos se den a la lectura cuando estamos ante un campo de pantallas, frente a una red de redes, en un mundo digital. ¿Cómo podrán adivinar la deseperación de Emma Bovary? ¿Sabrán quién es Ismael, el único superviviente del Pequod? ¿Subirán con Hans Castorp a su Montaña mágica?

Me temo que los tiempos son difíciles para todos, pero siempre se puede leer Como una novela de Daniel Pennac y respirar un poco entre la niebla.

Paco Linares

Tierra de mujeres

Impone ver un árbol así agonizando, muriéndose, comenzando a desaparecer. Porque aunque el árbol se resquebraje, se vuelva de color g...