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jueves, abril 04, 2019

Tierra de mujeres



Impone ver un árbol así agonizando, muriéndose, comenzando a desaparecer. Porque aunque el árbol se resquebraje, se vuelva de color gris y se deje arrasar por los hongos y los líquenes, a su alrededor la vida continúa. En el suelo, en el tronco, en las ramas. Los pájaros anidan, los insectos se alimentan, las setas se aprovechan de la materia orgánica. Si alguna rama permanece seguirá siendo sombra, descanso, refugio. El agua se acurrucará en sus recovecos. La vida siempre continúa, a pesar de la muerte.

María Sánchez
Tierra de mujeres.
(Pág 137)
Ed. Seix Barral

miércoles, febrero 27, 2019


INESPERADAMENTE
Para Jesús Fonseca

Lo esperado sucede inesperadamente.
A veces no hay campana, no hay trompeta, no hay canto
ni heraldo, ni siquiera jilguero que
declare
la entrada del milagro. Es la vida de un hombre
en su mundo de límites cada vez más pequeños.
Como el agua que fluye pasarán muchos meses
hechos de muchos días. Habrá que darlo todo
por perdido. Dormirse muy cerca de la nada.
Pero despertaremos un día de febrero
respiraremos aire que contendrá futuro.
Se acabará el desorden de nuestros corazones
y se ensanchará el pecho de los que se angustiaron.
Con el mismo silencio y la misma dulzura
con que llega la nieve se cumplirá de pronto
el nombre del arcángel qué significa Dios
ha curado.


Juan Antonio González Iglesias
Confiado
Ed. Visor

lunes, diciembre 06, 2010

LA PRENSA, PROUST Y PASCAL


Uno se sumerge  todas las mañanas en la prensa y moja los restos de sueño con las noticias que ya ha escuchado en la radio durante la noche. Sopesamos la importancia de las cosas en función de lo que otros ya han pensado por nosotros y, a pesar de ello, nos creemos personas con criterio.
De pronto, una día cualquiera, los ojos se nos abren de par en par cuando uno se encuentra esto al releer un texto de Proust que, tristemente, habíamos olvidado o al que quizá no dimos importancia en su momento .
Lo que yo reprocho a los periódicos es que nos hagan prestar atención todos los días a cosas insignificantes, mientras que leemos tres o cuatro veces en nuestra vida los libros que encierran cosas esenciales. Puesto que todas las mañanas desgarramos febrilmente la faja del diario, deberíamos cambiar las cosas y poner en él, qué sé yo, los... ¡Pensamientos de Pascal!



domingo, marzo 14, 2010

JULIÁN MARÍAS. El oficio del pensamiento

Unamuno opinaba que muchos se dedican a contarles las cerdas al rabo de la esfinge por miedo a mirarla a los ojos. La información y la erudición son, por otra parte, las grandes simuladoras, porque fingen vida intelectual donde sólo hay manejo de inertes objetos intelectuales. Hablar de las cosas es un medio excelente de evitarlas; barajar problemas y teorías es un cómodo expediente para quedarse a cien leguas de ellos. Lo más grave es que, a la larga, se pierde el hábito del pensamiento; no se es capaz de pensar ni de repensar, sino, a lo sumo, de traspensar -hay países enteros que no hacen otra cosa-. Llega un momento en que ni siquiera se distingue. "A distinguir me paro, las voces de los ecos", decía Antonio Machado, formulando sin saberlo, una admirable divisa intelectual. No se sospecha hasta que extremo está embotada la capacidad de apreciar los que es auténtico y lo que es mero "hacer que se hace"(...).

(Julián Marías, El oficio del pensamiento, Biblioteca Nueva, Madrid, 1958)

jueves, enero 03, 2008

NACEMOS SÚDBITOS

Nacemos súbditos. Desde el momento en que nacemos somos súbditos. Un distintivo de esa condición es el certi­ficado de nacimiento. El estado perfeccionado detenta y protege el monopolio de certificar el nacimiento. O bien te dan el certificado del estado (y lo llevas contigo), con lo que adquieres una identidad que durante el curso de tu vida le permite al estado identificarte y seguir tu rastro (dar conti­go), o bien vives sin identidad y te condenas a vivir fuera del estado como un animal (los animales no tienen docu­mentos de identidad).
No solo no puedes ingresar en el estado sin certificación: para el estado no estás muerto hasta que se certifica tu muerte; y solo puede certificar tu muerte un funcionario que, a su vez, detenta una certificación del estado. El esta­do procede a la certificación de la muerte con extraordina­ria meticulosidad, como lo prueba el envío de un gran nú­mero de científicos forenses y burócratas para inspeccionar y fotografiar y manosear y empujar la montaña de cadáveres humanos que dejó tras de sí el gran tsunami de diciembre de 2004, a fin de establecer sus identidades individuales. No se repara en gastos para asegurar que el censo de súbditos esté completo y sea exacto.
Que el ciudadano viva o muera no es algo que preocu­pe al estado. Lo que le importa al estado y sus registros es saber si el ciudadano está vivo o muerto.

(J.M. Coetzee, Diario de una mal año, Mondadori.)

Tierra de mujeres

Impone ver un árbol así agonizando, muriéndose, comenzando a desaparecer. Porque aunque el árbol se resquebraje, se vuelva de color g...